Estábamos sentados al frescor de la tarde en la calle Luna, mi marido buscaba sus habituales musarañas, y daba giros periódicos al cuello, mirando no sé qué. Sin la prensa escrita o sin su ordenador está perdido. Intentaba sacar algún tema de conversación pero era su día monosilábico. Sí. No. No. Sí. No había más. Comencé a acelerar el ritmo del abaniqueo. Cada vez me golpeaba más fuerte y veía que me ponía más irritable. De repente me levanté y le dije:
—¡Me voy!
Él describió un semicircunferencia completa con su cabeza, ciento ochenta grados justos. Me miró sin verme mucho, enarcó la ceja derecha, y calmada, y exasperadamente preguntó:
—¿Dónde? —me respondió de la forma más anodina que pudo.
En ese momento la ira me subía a la cabeza y casi grité:
—¡A
Me di media vuelta torera y con todo el garbo de que disponía tiré hacia arriba. Le imaginé fruncido el ceño y tan tranquilo, llevándose el vaso de cerveza a la boca, dispuesto a esperarme allí sentado el tiempo que hiciera falta.
Cuando ya iba a la altura de
Entré por la puerta de la sacristía y me dirigí a la capilla del Sagrario, me senté en la parte izquierda y quedé contemplando el ángel lamparero. Efectivamente –me dije– las figuras de “
Estaba en estos pensamientos artísticos cuando sentí un leve movimiento por detrás, agarré fuerte mi bolso y me volví rápidamente.
—¡Olito! —exclamé.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté de inmediato.
Alzó los hombros, dobló su cabecita hacia la derecha y sonrió sin ser consciente del susto que me había dado.
Me levante y le dije:
—Ven. Te enseñaré alguna cosa de
Miré el reloj con alguna dificultad y vi que no era hora de que Olito estuviese lejos de su casa y añadí:
—Bueno, veremos un par de cosas —le tomé de la mano.
Me produce cierta pena el ver
—Mira Olito, esta se llama
Olito me miró con sus espabilados ojos y repitió:
—Puerta del Sol.
Llegamos al final de la nave y nos paramos en el pequeño recinto -abandonado y polvoriento- en el que está la pila bautismal. Nos paramos detrás de la férrea verja y le comenté a Olito:
—¿Ves Olito? En ese lugar me bautizaron. A mí, y a gran parte de mi familia —dije hablando como conmigo misma.
Olito se acerco y metió media cabeza por las rejas. Le pregunté:
—¿Sabes lo que es un bautizo? —sacó la cabeza y mirándome con atención contestó:
—¡Sí! ¡Mucha gente a comer! —me reí con la respuesta tan prosaica.
Nos dirigimos a
—¿Es tu nieto? —señaló a Olito.
Como no tenía ganas de dar explicaciones le contesté que era mi amigo. Me miró de un modo extraño y pasó a su tema preferido: la política municipal.
Me disparó –muy en su estilo habitual– varias preguntas seguidas:
—¿Cómo ves El Puerto? ¿Estás al tanto de lo que ocurre? ¿Crees que lo estamos haciendo bien? ¿Están limpias las calles?…
Le interrumpí –un poco airada– y contesté:
—Estoy dispuesta a padecer un poco de más suciedad pero que se cumpla con algo, solo con algo, de lo que hay el programa electoral. Lleváis más de un año y aún no se ve nada —y añadí—. Mucho vender El Puerto, mucho quejarse de que no hay dineros, pero muchos viajes, mucha publicidad, mucha parafernalia, mucha foto y mucha tontería… Nada substancial, nada importante para la inmensa mayoría de la población. Estáis intentando constantemente vender humo.
Me miró con espanto y me pareció a punto de lanzarme un anatema o un exorcismo. Balbuceó las siguientes palabras:
—¿Tú sabes cómo nos encontramos el Ayuntamiento?
—Lo sabíais todos y Moresco lo sabía perfectamente. Y en vez de hacer cambios estructurales os habéis limitado a seguir el marco sistémico que tenía establecido Hernán Díaz. Con esa película no vais a ninguna parte, sea cual sea el candidato que presentéis en las próximas elecciones.
Un poco más dueña de sí, me contesto:
—Hace falta un poco de paciencia, pronto remontaremos y se verán cosas.
Ya estábamos en el cruce con la calle Larga, dándole a Olito un suave golpe en el trasero le dije:
—¡Venga! ¡A casa! ¡Rápido! —y salió corriendo hacia su casa.
Mi amiga también se despidió, se excusó diciendo que tenía prisa. Sola enfile por la calle Larga hasta Luna mirando lo que habían cambiado muchas de las edificaciones. Iba pensando en que había estado demasiado seca y vehemente con la amiga del PP y quizás la llamaría por teléfono para disculparme un poco.
Mi marido seguía sentado, bebiendo la enésima cerveza. Al llegar me preguntó:
—¿Quieres tomar algo?
Con cara digna e indiferente apostura le respondí:
—No, nada. ¿Nos vamos?








Magnífico artículo amiga Crisol, siempre es un verdadero placer leerte. Tan solo una puntualización a modo sibarita: el ángel lamparero que mencionas en la capilla del Sagrario está atribuido modernamente a un escultor portuense de la escuela de Roldán que ha permanecido en semianonimato durante mucho tiempo: Ignacio López. Su atribución corresponde a José Manuel Moreno-Arana, un estudioso del arte jerezano que comenzó a relacionar imágenes del autor con otras que no tenían autor conocido y que por sus similitudes, fueron adjudicadas a Roldán. La espectacular imagen del ángel fue colocada el 2 de mayo de 1695 y costó 2175 reales de vellón.
Si te fijas en el retablo de la capilla de las ánimas de la Iglesia Mayor Prioral, cuyo autor es Ignacio Lopez, algunos de los ángeles de la escena del “Descenso al Limbo” guardan una similitud realmente asombrosa con el mismo. Y si tu vista te alcanza, échale un vistazo al Cristo Resucitado que corona el retablo, su violenta zancada y su expresión, y comprobarás que no anda desencaminado Moreno-Arana.
Una Iglesia fascinante con una historia muy peculiar. Y como ella, los innumerables tesoros que muchas veces ni el propio portuense es capaz de valorar y descubrir. Te animo a que escribas algun que otro artículo sobre este tema porque me gusta mucho.
Un saludo.
Comment by Portuenses — 16 September, 2008 @ 9:56 am
Estimado amigo, te agradezco una enormidad las aclaraciones que haces y de las cuales no tenía ni idea. No había escuchado jamás a Ignacio López como escultor portuense. Sí que había oído hablar de un escultor del Puerto llamado Torcuato Benjumeda que me parece que hizo el baldaquín del altar mayor.
Conocía únicamente que el ángel lamparero -que siempre me había cautivado- era atribuido a la escultora sevillana del siglo XVII, Luisa Ignacia Roldán, “La Roldada”. Imbuida por esta idea incluso le he encontrado siempre similitudes con las figuras en madera de los Santos Germán y Servando patronos de Cádiz y también a los ángeles del paso de la Exaltación de Sevilla que esas son obras, creo sin discusión, de Luisa I. Roldán, aunque me parece que la única obra procesional documentada de “La Roldada” se encuentra en Puerto Real y es la Virgen de la Soledad.
Tal como sugieres iré muy pronto a ver la capilla de las ánimas y disfrutar –como bien dices- de los innumerables tesoros de nuestra Iglesia Mayor Prioral.
Te diré que muy poco puedo escribir de arte, pues sólo soy una reverente y apasionada admiradora de nuestras cosas, aunque me gusta orlar algunos de mis artículos con pequeñas “puntaditas” de cosas de nuestro patrimonio artístico que todos los portuenses debiéramos conocer.
Afectuosos saludos
Comment by Crisol T — 16 September, 2008 @ 6:48 pm
Perdón, por un “lapsus” he escrito en mi comentario anterior “La Roldada” en vez de “La Roldana” dos veces.
Comment by Crisol T — 17 September, 2008 @ 8:59 am